25 sept 2014

Tema 5: Libertad y determinismo


LIBERTAD Y DETERMINISMO

1. LIBERTAD CONSTITUTIVA, LIBERTAD INTERNA Y LIBERTAD EXTERNA.
El término libertad puede dar lugar a confusiones si no se distinguen sus diversos significados. En el apartado anterior hemos tratado de la libertad en sentido constitutivo, la libertad como el estar libre de determinación instintiva en nuestro actuar. En este sentido la libertad no se tiene, no se gana o se pierde o se acrecienta, porque ese estar libre de mecanismos instintivos de conducta no es sino una dimensión primordial de nuestro ser. Según este sentido de libertad somos libres en tanto seres humanos, independientemente de las circunstancias materiales en las que nos encontremos.
Se ve claro que no es ése el sentido en que más cotidianamente se entiende la libertad. Lo más usual es pensar que la libertad consiste en hacer lo que me dé la gana1. Esta forma de entenderla, si no coincide plenamente, sí se acerca al sentido de la libertad en tanto libertad externa. Se entiende por libertad externa la ausencia de obstáculos para el movimiento, para la acción. Tengo libertad, en este sentido, si no estoy encadenado; tengo más libertad de movimientos si tengo buena salud que si estoy enfermo en cama. Pero el tipo de libertad externa que más interesa en filosofía es el relativo a las acciones en los ámbitos social y político. Los derechos que cada régimen político reconozca y garantice de facto a los ciudadanos dan la medida de las libertades sociales y políticas que éstos pueden ejercer. Se trata de la libertad de asociación, de sindicación, de expresión, de prensa, de culto religioso, de participación política, etc.2 Un problema presente en algunas democracias actuales, como la española, es el de los límites que el Estado ha de imponer a ciertos derechos ciudadanos básicos, dado que su ejercicio no regulado puede conducir a negar los valores éticos y políticos fundamentales del propio sistema constitucional: es el caso del delito de apología del terrorismo.
Queda aún el punto más dificultoso en relación a la libertad humana y sus dimensiones posibles. Aun suponiendo unas condiciones en las que pudiera disfrutarse de libertades sociales y políticas en buena medida, cabría preguntar: ¿cómo estar seguros de que lo que decidimos lo decidimos libremente? ¿Cómo estar seguros de que nuestras decisiones son realmente nuestras? Los filósofos que han defendido que el hombre es capaz de decidir por encima de los condicionantes externos a su propia voluntad (condicionantes y circunstancias de todo tipo: sus emociones, su temperamento, las experiencias de su niñez, sus intereses materiales, su entorno social y cultural, etc.) afirman la existencia de la libertad interna o autodeterminación.

2. EL DETERMINISMO

Pero también han sido muchos los autores que han negado tal capacidad para tomar uno por sí mismo, libremente, y no obligado por las circunstancias de un tipo u otro, externas o internas (genética, deseos inconscientes reprimidos, temperamento) en las que se actúa, sus propias decisiones. Esta negación recibe el nombre genérico de determinismo. El determinismo es la afirmación de la absoluta necesidad de todas las acciones humanas. Dicho a la inversa, para el determinismo nuestras decisiones sólo en apariencia suponen un elegir entre opciones, ya que no podemos nunca sino hacer aquello que finalmente hacemos. No pueden existir opciones reales de acción ya que todo está determinado a ocurrir del modo en que ocurre siguiendo un curso necesario3. Spinoza es el filósofo determinista más destacado y argumenta que toda acción es resultado de un motivo, pero no está en nuestra mano qué motivo nos resulta más fuerte o poderoso (atractivo). La cuestión es que el motivo más fuerte es el que desencadenará el curso de acción y eso no lo decidimos nosotros. [Por ejemplo, cuando voy a un restaurante y me ofrecen la carta (1. Huevos fritos con patatas. 2. Puré de verduras) puedo pensar que yo estoy eligiendo libremente. Spinoza lo consideraría un error. Simplemente nuestro gusto o preferencia (motivo) por los huevos con patatas, se está imponiendo al otro, y por supuesto esto de que me guste una cosa y no la otra yo no lo elijo].

Los deterministas, cuando se les presenta como posible prueba en contra de sus tesis la conciencia clara que cada cual tiene acerca de la libertad con la que ha tomado tal o cual decisión, responden que tal conciencia se debe a la ignorancia de las causas inexorables (motivos o preferencias) que inciden sobre nuestra voluntad y nos llevan necesariamente a hacer u omitir esto o lo otro.

3. EL PROBLEMA ÉTICO DEL DETERMINISMO.
El problema ético del determinismo radica en la imposibilidad de exigir el cumplimiento de las normas morales y jurídicas si la libertad para decidir (libertad interna o autodeterminación) no fuera más que una ilusión, una falsa apariencia. Si nuestras acciones y omisiones no nos son imputables, esto es, si no somos los autores de las mismas, porque tales acciones son momentos de un destino sobre el que no podemos intervenir, entonces no se nos puede premiar ni castigar por ellas. Sencillamente, nuestras acciones serían hechos que ocurren, no el resultado de una opción libremente tomada entre varias posibilidades de acción. No tendría sentido juzgar las acciones humanas ni jurídica ni moralmente4. Tanto sentido tendría culpar al conductor por haber ido demasiado deprisa y no haber podido frenar a tiempo como culpar a la piedra por haberse despeñado y haber caído a la carretera obstruyéndola. En ambos casos, para el determinismo, se trataría de hechos inevitables, hechos sujetos a una necesidad insuperable para el ser humano.

4. TIPOS DE DETERMINISMO

Se han dado diversos planteamientos deterministas en función del tipo de fuerzas cuya acción irresistible sobre la voluntad humana afirmaran. Presentaremos aquí esquemáticamente los dos más radicales:

-Determinismo físico. La Física moderna5 contribuyó a la elaboración de una visión mecanicista del universo material. El universo se comparaba con un gran mecanismo, como el de un gran reloj6, cuyos movimientos se transmitían de unas partes a otras de forma rigurosamente reglada, sin azares ni imprecisiones. Se pensaba que todo hecho ocurría de forma necesaria a partir de su causa, y no podía dejar de acontecer ni en la forma ni en el momento en que acontecía. El físico francés Laplace presentó la formulación más clara y contundente del determinismo mecanicista al afirmar que para una mente suficientemente amplia y capaz, conocidos todos los datos sobre posiciones y movimientos de los cuerpos del universo en un momento determinado, y conocidas todas las leyes del movimiento de los cuerpos, el estado del universo en cualquier momento pasado o futuro sería deducible a partir de tal punto de partida.
Toda la filosofía moderna se enfrentó al tremendo problema de compatibilizar la afirmación de la libertad humana con la del determinismo mecanicista del universo físico. La pregunta que había que responder era la de si el hombre pertenecía o no al universo físico y, claro está, había que tratar de negar al menos su total pertenencia al mismo. El intento de resolución de esta aporía, generalmente aceptado como el más sólido, es el del filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804).

-Determinismo teológico. Los reformadores protestantes Lutero (1483-1546) y, con más radicalidad que el anterior, Calvino (1509-1564), negaron la libertad de la voluntad humana por entender, basándose en un riguroso estudio de las Sagradas Escrituras, que la salvación o condenación de los hombres está decidida desde toda la eternidad por la libérrima voluntad de Dios. Nada de lo que los hombres hagan o piensen puede contribuir a su salvación, ya que el destino futuro de cada cual está desde el principio de los tiempos decidido por Dios. Se trata de la afirmación de la predestinación7. Desde esta perspectiva, la propia salvación no se puede ganar o merecer, sólo se puede conocer a partir de indicios presentes en la vida de cada cual.
La Iglesia católica trató de defender la libertad de la voluntad humana frente a la afirmación protestante de la predestinación apoyándose en la filosofía de Tomás de Aquino (1224-1274) y en la obra del humanista Erasmo de Rotterdam (1466-1536), insistiendo en la colaboración efectiva de la voluntad del individuo junto con la voluntad divina en orden a la salvación.

5. CONTRA EL DETERMINISMO

Los autores que han defendido la libertad humana han objetado al determinismo el hecho generalizado de la conciencia del deber que nadie o casi nadie deja de sentir en ocasiones más o menos frecuentes a lo largo de su vida. No sería posible, dicen, sentirse obligados si no fuéramos libres para decidir si cumplimos o no con nuestra obligación. Estos autores admiten la influencia de factores condicionantes sobre nuestra voluntad, como el temperamento, la situación socio-económica, la educación recibida, el nivel cultural, los desajustes fisiológicos, pero no les atribuyen un poder irresistible (factor determinante) sobre nosotros, por muy grande que pueda llegar a ser.

La razón última de esto reside en el carácter abierto del ser humano, su falta de dotación instintiva y su compensación mediante el desarrollo de aptitudes y capacidades que hace posible la cultura. Los animales desde que nacen son lo que son y hacen lo que instintivamente están determinados a hacer. El ser humano, en cambio, al nacer, no es nada, pero en potencia lo es casi todo, porque puede escoger (y además, no tiene más remedio que hacerlo) cuáles de las múltiples posibilidades que se le presentan quiere realizar. Así, la carencia de instintos posibilita y exige, a la vez, el acceso humano a la libertad.

Otro argumento interesante contra el determinismo parte de la distinción entre preferencia y metapreferencias. Las preferencias son lo que de hecho nos gusta (lo que queremos). Las metapreferencias son las preferencias acerca de nuestras propias preferencias, lo que nos gustaría que nos gustara (lo que queremos querer). Puede que me guste fumar (preferencia), pero al mismo tiempo puede que no me guste que me guste fumar (metapreferencia). Desde mis metapreferencias puedo rechazar mis preferencias y poder cambiarlas; es decir las metapreferencias nos sirven para juzgar nuestras preferencias y para moldearlas. Si la formación de preferencias (sean innatas o adquiridas) no requiere, en principio, el concurso de la razón, sin embargo, la formación de metapreferencias sí que lo requiere. Para formar mis metapreferencias tengo que reflexionar acerca del tipo de persona que quiero ser y lo que realmente me conviene de acuerdo con esa autoimagen deseada (el sediento no necesita reflexión alguna para percibir inmediatamente lo atractivo del agua; en cambio, el enfermo renal, que se ve obligado a beber grandes cantidades de agua, actúa pensando en un valor cuya valía no siente). Esta distinción entre preferencias y metapreferencias, hace posible cuestionar el supuesto determinista de que no está en nuestro poder que una situación nos motive más que otra, ya que nuestras metapreferencias nos permiten criticar nuestras preferencias y emprender su modificación o la formación de otras nuevas.8

1 Niños y adolescentes son, como se sabe, defensores acérrimos de esta forma de entender la libertad. Pasado el tiempo, ya adultos, se suele limar y barnizar esa idea añadiendo la coletilla de decencia necesaria para no quedar mal: “hacer lo que me dé la gana pero respetando a los demás”.
2 Al concebir la libertad externa como ausencia de obstáculos para el movimiento y la acción estamos simplificando algo el asunto si pensamos sólo en obstáculos “externos”. Pensemos, por ejemplo, en alguien que, pudiendo sin problema alguno ir al cine, no vaya por no saber que ponen una película que le interesa mucho. O en alguien que como ciudadano goce de libertad de expresión pero no pueda expresar nada porque no tenga la más mínima idea sobre el funcionamiento del mundo político y económico. ¿No es la ignorancia en ambos casos, de alguna manera, un obstáculo para la acción?
3 La creencia vulgar en el destino, en que “todo está escrito”, en que nada podía haber ocurrido sino del modo en que ocurrió, en que el futuro ya está fijado, es determinista.
4 Juzgar una acción jurídicamente: decidir si constituye o no delito. Juzgar una acción moralmente: decidir si es o no una acción moralmente correcta (ver nota 9).
5 Por tal se entiende la Física desde Galileo (S. XVII) hasta finales del S. XIX. A comienzos del
S. XX surge una nueva Física. (Recuerda que en Historia, en general, se considera moderno no lo que “está al día”, sino lo comprendido entre el S. XVII y finales del S. XIX).
6 Las máquinas más avanzadas y más precisas de la época del nacimiento de la Física moderna (Galileo, Newton) eran los grandes relojes.
7 Hay base bíblica para defender esta postura, si no de forma incontrovertible, sí de forma bastante sólida. Las reflexiones al respecto del Padre de la Iglesia Agustín de Hipona (354-430) apuntan también en esta dirección. La afirmación de la predestinación no significa que se puedan salvar los injustos, porque fuera indiferente lo que se hiciera en vida respecto a salvarse o condenarse. Sólo se salvan los justos, pero el hombre, por sus propias fuerzas, no puede ser justo y sólo Dios decide libremente a quién ayudará (gracia divina) a ser justo y a quién no. La Iglesia católica por supuesto “puso el grito en el cielo” toda vez que la afirmación de la predestinación daba al traste con el pingüe negocio que tenía montado por toda la cristiandad de compraventa de indulgencias, bulas, reliquias de santos, misas, peregrinaciones a lugares santos; negocio a través del que, según el papa y sus obispos, había que ganarse el cielo.
8 La debilidad de la voluntad o akrasía se da cuando nuestras preferencias discrepan de nuestras preferencias, cuando nuestra conducta efectiva socaba y contradice el tipo de persona que queremos ser. El akrático carece de libertad interna, es esclavo de sus pasiones.

No hay comentarios:

Publicar un comentario