LIBERTAD
Y DETERMINISMO
1.
LIBERTAD CONSTITUTIVA, LIBERTAD INTERNA Y LIBERTAD EXTERNA.
El
término libertad puede dar lugar a confusiones si no se distinguen
sus diversos significados. En el apartado anterior hemos tratado de
la libertad en sentido constitutivo, la
libertad como el estar libre de determinación
instintiva en nuestro actuar. En este sentido la libertad no
se tiene, no se gana o se pierde o se acrecienta, porque ese
estar libre de mecanismos instintivos de conducta no es sino una
dimensión primordial de nuestro ser. Según este sentido de libertad
somos libres en tanto seres humanos, independientemente de las
circunstancias materiales en las que nos encontremos.
Se
ve claro que no es ése el sentido en que más cotidianamente se
entiende la libertad. Lo más usual es pensar que la libertad
consiste en hacer lo que me dé la gana1.
Esta forma de entenderla, si no coincide plenamente, sí se acerca al
sentido de la libertad en tanto libertad externa. Se
entiende por libertad externa la ausencia de obstáculos para el
movimiento, para la acción. Tengo libertad, en
este sentido, si no estoy encadenado; tengo más libertad de
movimientos si tengo buena salud que si estoy enfermo en cama. Pero
el tipo de libertad externa que más interesa en filosofía es el
relativo a las acciones en los ámbitos social y político.
Los derechos que cada régimen político reconozca y garantice de
facto a los ciudadanos dan la medida de las libertades sociales y
políticas que éstos pueden ejercer. Se trata de la libertad de
asociación, de sindicación, de expresión, de prensa, de culto
religioso, de participación política, etc.2
Un problema presente en algunas democracias actuales, como la
española, es el de los límites que el Estado ha de imponer a
ciertos derechos ciudadanos básicos, dado que su ejercicio no
regulado puede conducir a negar los valores éticos y políticos
fundamentales del propio sistema constitucional: es el caso del
delito de apología del terrorismo.
Queda aún el punto más dificultoso en relación a la libertad
humana y sus dimensiones posibles. Aun suponiendo unas condiciones en
las que pudiera disfrutarse de libertades sociales y políticas en
buena medida, cabría preguntar: ¿cómo estar seguros de que lo
que decidimos lo decidimos libremente? ¿Cómo estar seguros de que
nuestras decisiones son realmente nuestras? Los filósofos que
han defendido que el hombre es capaz de decidir por encima
de los condicionantes externos a su propia voluntad (condicionantes y
circunstancias de todo tipo: sus emociones, su temperamento, las
experiencias de su niñez, sus intereses materiales, su entorno
social y cultural, etc.) afirman la
existencia de la libertad interna o autodeterminación.
2. EL
DETERMINISMO
Pero
también han sido muchos los autores que han negado tal capacidad
para tomar uno por sí mismo, libremente, y no obligado por las
circunstancias de un tipo u otro, externas o internas (genética,
deseos inconscientes reprimidos, temperamento) en las que se actúa,
sus propias decisiones. Esta negación recibe el nombre genérico de
determinismo. El determinismo es la afirmación de la
absoluta necesidad de todas las acciones humanas. Dicho a la
inversa, para el determinismo nuestras decisiones sólo en apariencia
suponen un elegir entre opciones, ya que no podemos nunca sino hacer
aquello que finalmente hacemos. No pueden existir opciones reales
de acción ya que todo está determinado a ocurrir del modo en
que ocurre siguiendo un curso necesario3.
Spinoza es el filósofo determinista más destacado y
argumenta que toda acción es resultado de un motivo, pero no está
en nuestra mano qué motivo nos resulta más fuerte o poderoso
(atractivo). La cuestión es que el motivo más fuerte es el que
desencadenará el curso de acción y eso no lo decidimos nosotros.
[Por ejemplo, cuando voy a un restaurante y me ofrecen la carta (1.
Huevos fritos con patatas. 2. Puré de verduras) puedo pensar que yo
estoy eligiendo libremente. Spinoza lo consideraría un error.
Simplemente nuestro gusto o preferencia (motivo) por los huevos con
patatas, se está imponiendo al otro, y por supuesto esto de que me
guste una cosa y no la otra yo no lo elijo].
Los
deterministas, cuando se les presenta como posible prueba en contra
de sus tesis la conciencia clara que cada cual tiene acerca de la
libertad con la que ha tomado tal o cual decisión, responden que tal
conciencia se debe a la ignorancia de las causas inexorables
(motivos o preferencias) que inciden sobre nuestra voluntad y nos
llevan necesariamente a hacer u omitir esto o lo otro.
3. EL
PROBLEMA ÉTICO DEL DETERMINISMO.
El
problema ético del determinismo radica en la imposibilidad de
exigir el cumplimiento de las normas morales y
jurídicas si la libertad para decidir (libertad
interna o autodeterminación) no fuera más que una ilusión, una
falsa apariencia. Si nuestras acciones y omisiones no nos son
imputables, esto es, si no somos los autores de las mismas,
porque tales acciones son momentos de un destino sobre el que no
podemos intervenir, entonces no se nos puede premiar ni castigar por
ellas. Sencillamente, nuestras acciones serían hechos que ocurren,
no el resultado de una opción libremente tomada entre varias
posibilidades de acción. No tendría sentido juzgar las acciones
humanas ni jurídica ni moralmente4.
Tanto sentido tendría culpar al conductor por haber ido demasiado
deprisa y no haber podido frenar a tiempo como culpar a la piedra por
haberse despeñado y haber caído a la carretera obstruyéndola. En
ambos casos, para el determinismo, se trataría de hechos
inevitables, hechos sujetos a una necesidad insuperable para el ser
humano.
4.
TIPOS DE DETERMINISMO
Se han
dado diversos planteamientos deterministas en función del tipo de
fuerzas cuya acción irresistible sobre la voluntad humana afirmaran.
Presentaremos aquí esquemáticamente los dos más radicales:
-Determinismo
físico. La Física moderna5
contribuyó a la elaboración de una visión mecanicista del
universo material. El universo se comparaba con un gran
mecanismo, como el de un gran reloj6,
cuyos movimientos se transmitían de unas partes a otras de forma
rigurosamente reglada, sin azares ni imprecisiones. Se pensaba que
todo hecho ocurría de forma necesaria a partir de su causa, y no
podía dejar de acontecer ni en la forma ni en el momento en que
acontecía. El físico francés Laplace presentó la formulación más
clara y contundente del determinismo mecanicista al afirmar que para
una mente suficientemente amplia y capaz, conocidos todos los datos
sobre posiciones y movimientos de los cuerpos del universo en un
momento determinado, y conocidas todas las leyes del movimiento de
los cuerpos, el estado del universo en cualquier momento pasado o
futuro sería deducible a partir de tal punto de partida.
Toda
la filosofía moderna se enfrentó al tremendo problema de
compatibilizar la afirmación de la libertad humana con la del
determinismo mecanicista del universo físico. La pregunta que había
que responder era la de si el hombre pertenecía o no al universo
físico y, claro está, había que tratar de negar al menos su total
pertenencia al mismo. El intento de resolución de esta aporía,
generalmente aceptado como el más sólido, es el del filósofo
alemán Immanuel Kant (1724-1804).
-Determinismo
teológico. Los reformadores protestantes Lutero (1483-1546) y,
con más radicalidad que el anterior, Calvino (1509-1564), negaron la
libertad de la voluntad humana por entender, basándose en un
riguroso estudio de las Sagradas Escrituras, que la salvación o
condenación de los hombres está decidida desde toda la
eternidad por la libérrima voluntad de Dios. Nada de lo que
los hombres hagan o piensen puede contribuir a su salvación, ya que
el destino futuro de cada cual está desde el principio de los
tiempos decidido por Dios. Se trata de la afirmación de la
predestinación7.
Desde esta perspectiva, la propia salvación no se puede ganar o
merecer, sólo se puede conocer a partir de indicios presentes en la
vida de cada cual.
La
Iglesia católica trató de defender la libertad de la voluntad
humana frente a la afirmación protestante de la predestinación
apoyándose en la filosofía de Tomás de Aquino (1224-1274) y en la
obra del humanista Erasmo de Rotterdam (1466-1536), insistiendo en la
colaboración efectiva de la voluntad del individuo junto con la
voluntad divina en orden a la salvación.
5.
CONTRA EL DETERMINISMO
Los
autores que han defendido la libertad humana han objetado al
determinismo el hecho generalizado de la conciencia del
deber que nadie o casi nadie deja de sentir en ocasiones más o
menos frecuentes a lo largo de su vida. No sería posible, dicen,
sentirse obligados si no fuéramos libres para decidir si cumplimos o
no con nuestra obligación. Estos autores admiten la influencia de
factores condicionantes sobre nuestra voluntad, como el
temperamento, la situación socio-económica, la educación recibida,
el nivel cultural, los desajustes fisiológicos, pero no les
atribuyen un poder irresistible (factor determinante) sobre nosotros,
por muy grande que pueda llegar a ser.
La
razón última de esto reside en el carácter abierto del ser
humano, su falta de dotación instintiva y su compensación mediante
el desarrollo de aptitudes y capacidades que hace posible la cultura.
Los animales desde que nacen son lo que son y hacen lo que
instintivamente están determinados a hacer. El ser humano, en
cambio, al nacer, no es nada, pero en potencia lo es casi todo,
porque puede escoger (y además, no tiene más remedio que hacerlo)
cuáles de las múltiples posibilidades que se le presentan quiere
realizar. Así, la carencia de instintos posibilita y exige, a la
vez, el acceso humano a la libertad.
Otro
argumento interesante contra el determinismo parte de la distinción
entre preferencia y metapreferencias. Las preferencias son lo
que de hecho nos gusta (lo que queremos). Las metapreferencias son
las preferencias acerca de nuestras propias preferencias, lo que nos
gustaría que nos gustara (lo que queremos querer). Puede que me
guste fumar (preferencia), pero al mismo tiempo puede que no me guste
que me guste fumar (metapreferencia). Desde mis metapreferencias
puedo rechazar mis preferencias y poder cambiarlas; es decir las
metapreferencias nos sirven para juzgar nuestras preferencias y para
moldearlas. Si la formación de preferencias (sean innatas o
adquiridas) no requiere, en principio, el concurso de la razón, sin
embargo, la formación de metapreferencias sí que lo requiere. Para
formar mis metapreferencias tengo que reflexionar acerca del tipo de
persona que quiero ser y lo que realmente me conviene de acuerdo con
esa autoimagen deseada (el sediento no necesita reflexión alguna
para percibir inmediatamente lo atractivo del agua; en cambio, el
enfermo renal, que se ve obligado a beber grandes cantidades de agua,
actúa pensando en un valor cuya valía no siente). Esta distinción
entre preferencias y metapreferencias, hace posible cuestionar el
supuesto determinista de que no está en nuestro poder que una
situación nos motive más que otra, ya que nuestras metapreferencias
nos permiten criticar nuestras preferencias y emprender su
modificación o la formación de otras nuevas.8
1
Niños y adolescentes son, como se sabe, defensores acérrimos de
esta forma de entender la libertad. Pasado el tiempo, ya adultos, se
suele limar y barnizar esa idea añadiendo la coletilla de decencia
necesaria para no quedar mal: “hacer lo que me dé la gana pero
respetando a los demás”.
2
Al concebir la libertad externa como ausencia de obstáculos para el
movimiento y la acción estamos simplificando algo el asunto si
pensamos sólo en obstáculos “externos”. Pensemos, por ejemplo,
en alguien que, pudiendo sin problema alguno ir al cine, no vaya por
no saber que ponen una película que le interesa mucho. O en alguien
que como ciudadano goce de libertad de expresión pero no pueda
expresar nada porque no tenga la más mínima idea sobre el
funcionamiento del mundo político y económico. ¿No es la
ignorancia en ambos casos, de alguna manera, un obstáculo para la
acción?
3
La creencia vulgar en el destino, en que “todo está escrito”,
en que nada podía haber ocurrido sino del modo en que ocurrió, en
que el futuro ya está fijado, es determinista.
4
Juzgar una acción jurídicamente: decidir si constituye o no
delito. Juzgar una acción moralmente: decidir si es o no una acción
moralmente correcta (ver nota 9).
5
Por tal se entiende la Física desde Galileo (S. XVII) hasta finales
del S. XIX. A comienzos del
S. XX surge una nueva Física.
(Recuerda que en Historia, en general, se considera moderno
no lo que “está al día”, sino lo comprendido entre el S. XVII
y finales del S. XIX).
6
Las máquinas más avanzadas y más precisas de la época del
nacimiento de la Física moderna (Galileo, Newton) eran los grandes
relojes.
7
Hay base bíblica para defender esta postura, si no de forma
incontrovertible, sí de forma bastante sólida. Las reflexiones al
respecto del Padre de la Iglesia Agustín de Hipona (354-430)
apuntan también en esta dirección. La afirmación de la
predestinación no significa que se puedan salvar los injustos,
porque fuera indiferente lo que se hiciera en vida respecto a
salvarse o condenarse. Sólo se salvan los justos, pero el hombre,
por sus propias fuerzas, no puede ser justo y sólo Dios decide
libremente a quién ayudará (gracia divina) a ser justo y a quién
no. La Iglesia católica por supuesto “puso el grito en el cielo”
toda vez que la afirmación de la predestinación daba al traste con
el pingüe negocio que tenía montado por toda la cristiandad
de compraventa de indulgencias, bulas, reliquias de santos, misas,
peregrinaciones a lugares santos; negocio a través del que, según
el papa y sus obispos, había que ganarse el cielo.
8
La debilidad de la voluntad o akrasía se da cuando nuestras
preferencias discrepan de nuestras preferencias, cuando nuestra
conducta efectiva socaba y contradice el tipo de persona que
queremos ser. El akrático carece de libertad interna, es
esclavo de sus pasiones.
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